Rara es la persona que cuando piensa en el infierno no fabula con llamas, humo, calor extremo y un tipo cornudo con leotardos retintos blandiendo enojado un tridente. Pero, aunque pueda parecer difícil de creer, hay mucha gente para la que el infierno es exactamente lo contrario: una experiencia real y muy cercana, una experiencia física y, sobre todo, heladora. Personas para las que el infierno es hoy. Sobre todo hoy, que el mercurio de los termómetros se ha desplomado para acercarse al cero.
A esas personas el invierno les quema, y varias de ellas se achicharran de frío en la antigua estación de autobuses, en la Avenida de Madrid, donde en estos días de enero el viento irrumpe con rabia y todo lo barre en un periquete, también el recuerdo de lo que esta estancia fue: un lugar de tránsito y de recibimientos y abrazos. Nada de eso queda ya en este rincón olvidado de una ciudad que sigue latiendo a su propio ritmo, ajena al frío que padecen quienes aquí viven, esperando que el tiempo pase y llegue el calor, que es mucho más democrático. Nos iguala a casi todos.
“Es muy duro porque se pasa muy mal con el frío y la lluvia. Aquí se pasa mucha, mucha, necesidad”, dice Jessica, que tiene 32 años y conoce esta realidad demasiado bien. Estuvo dos años viviendo entre cartones y madera, escondida en alguno de los precarios refugios levantados entre palés, somieres viejos y sacos de dormir. Ni tenía ingresos ni respaldo, hasta que una trabajadora social la ayudó a regularizar sus papeles y a tramitar la solicitud de alguna ayuda. Hoy, aunque sigue sin tener casi nada, viene cuanto puede a la estación cargada con café caliente o comida para sus antiguos compañeros de faena.

El frío, el hambre y la humedad que lentamente macera los huesos los recuerda bien Jessica. Pero recuerda también el miedo. El que les provocaron más de una vez un grupito de adolescentes desalmados que les lanzaban hierros, huevos y amenazas. “Dijeron que nos iban a quemar vivos. Nos quedamos con miedo y sin apoyo, porque cuando llamas a la policía a veces no hacen nada”, lamenta.
Un número incierto
En la estación viven 12 personas. Tal vez 15. Puede que más. Ahora acaban de llegar dos hombres. Uno de ellos recién operado del corazón. El otro está vestido con un pijama del Sergas y camina con dos muletas. La vida en la calle es bien perra, y no es una elección para quienes la habitan. “No estamos en la calle porque queremos, sino por circunstancias: problemas familiares, falta de dinero, discriminación. Hay mucha gente que necesita ayuda, y nadie quiere estar ahí”, aclara Jessica. Su relato rebosa de esa dignidad y esa resistencia silenciosa que sostienen a quienes no tienen nada más.
Nicu, un hombre rumano de 45 años, aporta otra perspectiva. Su discurso es confuso y literario, a veces difícil de seguir, pero transmite la misma sensación de combate interminable. Como Jessica, habla del frío y del miedo, pero también de cómo avivar las brasas del coraje que le mantiene en pie. “Por dentro encontramos muchas barreras, pero yo busco dentro la paciencia, el coraje de la vida”, dice. Nicu habla como un filosofo taoísta que sabe lo que lo mayoría ni siquiera hemos llegado a atisbar.

David Prieto, presidente de la organización As Ninguéns, ha estado este viernes en la antigua estación. Conoce como nadie la situación de calle de muchas personas en Vigo. No sólo de las que viven en la antigua estación. Y conoce también el papel de las instituciones públicas. Tal vez por eso no duda en apuntar hacia arriba: “A pesar de que el alcalde dice que les traen comida caliente, sacos de dormir y café, es totalmente falso. Vienen cuando les cuadra. A veces tardan hasta dos meses. Es sólo propaganda, marketing”, denuncia.
David explica que el albergue municipal está saturado y que, incluso cuando hay plazas, los usuarios prefieren no acudir porque, en el mejor de los casos, no podrán pasar allí más de 15 días y temen abandonar todas sus pertenencias, seguros de que cuando regresen a la estación habrán desaparecido. Una manta vieja, un saco extraído de la cochambre o incluso un buen pedazo de cartón pueden llegar a tener un valor incalculable en las noches frías y oscuras de la antigua estación, donde algunos duermen con un arma blanca bajo la almohada, temerosos de que les abran por la noche como a un lechón.

Y es que la estación es un refugio improvisado y peligroso. Pero la falta de alternativas hace que todas estas personas permanezcan aquí, a pesar de las condiciones extremas en las que viven. “Todos quieren un sitio caliente, una cama, ducharse… Pero tal y como funciona el sistema, no están dispuestos a salir de aquí”, explica David. La paradoja es evidente: los más necesitados de la protección de todos son quienes menos cobertura reciben.
Una muerte
La historia reciente también zigzaguea en forma de cicatriz. Algunas se ven y otras no. Jessica, por ejemplo, abandonó este refugio después de que en la estación apareciese un enjambre de cámaras porque una mujer había matado a su compañero sentimental. La violencia, la tensión, el miedo, también suman en ese infierno helado al otro lado de la esquina.“Es que el infierno no son llamas, es pasar frío, pasar miedo, no saber si alguien te va a agredir mientras duermes”, dice Jessica, que también habla de solidaridad, de apoyo mutuo, de cuidados. “Aunque discutimos, cuando hay peligro estamos juntos. Nos defendemos entre nosotros”.

La vida cotidiana de todas estas personas exige mucha creatividad y mucha resiliencia. Duchas improvisadas, ropa lavada en casas de familiares, desayunos en ONG o lugares como Érguete, son pequeñas victorias que permiten mantener un mínimo de dignidad. La higiene y la alimentación dependen de la solidaridad, casi nunca de políticas públicas. La desconfianza hacia las instituciones es generalizada.
Según David, el número de personas sin techo en Vigo se desconoce, pero probablemente sea mayor del que se cree. “No hay censo, no hay datos fiables. Cada vez hay más gente y los albergues no dan de sí. La lista de espera es larga, y al final todos vuelven a la calle”, explica. La precariedad, como la pescadilla que se muerde la cola, gira en círculos.
El dispositivo municipal del frío, alabado en comunicados oficiales, no garantiza asistencia efectiva. Según David y Jessica, Cruz Roja y otras organizaciones aparecen de forma irregular, a veces con semanas de ausencia, sin asegurar alimentos, mantas o acompañamiento. “No es algo que puedas contar como cierto. Vienen cuando les cuadra”, afirma David.

Al frío y la escasez, a la violencia y las amenazas, a la necesidad de saber improvisar, vigilar, adaptarte como habilidades básicas de supervivencia, hay que añadir la paciencia necesaria para sobrellevar la discriminación que deriva en falta de oportunidades. Otra barrera. Jessica, que es de raza gitana, relata cómo en la búsqueda de trabajo se enfrenta a prejuicios raciales y sociales, lo que perpetúa la exclusión. Sin red de seguridad ni acceso pleno al mercado laboral, la calle sigue siendo la opción forzosa, un oxímoron muy real.
Aun así, existe esperanza y acción. La labor de asociaciones como As Ninguéns es fundamental para visibilizar la situación, ofrecer apoyo logístico y mantener el contacto con los afectados. David advierte que la sociedad y los medios de comunicación necesitan escuchar estas voces para comprender que la precariedad extrema no es un fenómeno aislado.




La estación de autobuses abandonada se convierte, entonces, en un microcosmos de abandono y resistencia. Allí, la dignidad se mide en mantas compartidas, café caliente improvisado y gestos de cuidado mutuo. En el relato de Jessica, Nico y David se entrelazan el frío, la violencia, el miedo y la resiliencia. La estación no es un hogar, pero es todo lo que tienen. Mientras, ahí fuera, la ciudad sigue latiendo a su propio ritmo. Pero la gente sin techo que habita la estación le recuerda que la exclusión existe, que no es invisible, y que el frío de la calle, siendo terrible, puede ser más soportable que el de la indiferencia.




















