Bajo la lluvia de este martes, las calles de Vigo ofrecen una estampa que, con seguridad, genera sentimientos encontrados: la de los operarios de la empresa cordobesa Ximénez Iluminación procediendo al desmontaje de los millones de luces led que durante dos meses han alumbrado las calles de una ciudad que pareciera hoy envuelta en un manto de silencio.
Y es esa quietud, esa suerte de reposo, lo que en buena parte de la ciudad generará esa sensación de pérdida que deja cada año la Navidad cuando se acaba, una sensación que se multiplica en Vigo de manera proporcional al esfuerzo del alcalde por convertirla cada año en la mejor del planeta. Que lo consiga o no es opinable.
Lo que no es opinable es que, al igual que hay muchas personas que echarán de menos las luces y la algarabía que revolotea a su alrededor, habrá muchas otras que suspiren de alivio al ver a los operarios desmontarlas.
En todo caso, aunque esos operarios de chaleco amarillo fosforito representan el alivio que sienten quienes añoraban la vuelta a la normalidad, también representan la esperanza de los optimistas, de los que saben que quedan tan sólo diez meses para que el alcalde vuelva a pulsar el botón del encendido para que Vigo resplandezca de nuevo en todo el sistema solar. Así que, visto así, bien posible es decir que comienza la cuenta a atrás para la Navidad de Vigo.
Y quienes se ilusionan con estas fiestas recién terminadas, que son muchos, comenzarán pronto de nuevo a sentir cómo aletea en su corazón la emoción de la Navidad que llega, porque en Vigo, es sabido, el desmontaje que hoy arranca es para apenas seis meses. En julio, como muy tarde en agosto, a esos mismos operarios que hoy vemos retirar las luces los veremos de nuevo colocarlas.
Extraña poco, pues, que abunden entre la ciudadanía quienes se preguntan sin cinismo para qué quitar las luces. Algunas, de hecho, permanecen todo el año. Y, bien pensado, bien podría suceder lo mismo con todas las demás. Al fin y al cabo Vigo es la ciudad donde vive la Navidad.




















