Este diciembre pasado tuvimos la reunión de colaboradores de VigoE en un local de la zona vieja de Vigo. La mayor parte de nosotros no nos conocemos porque enviamos nuestros textos a la redacción vía email. Yo llevo poco escribiendo por estos lares, así que pude entablar pocas relaciones sociales. Como buena observadora de la realidad, me fijé en las risas y el alboroto de un grupo de hombres mayores que se conocían de haber trabajado de jóvenes en un famoso periódico de la ciudad. Estaban hablando de cómo cubrían “las rondallas” los unos de enero de todos los años.
Me llamó la atención que no paraban de reírse, copa en mano, y de hablar sobre el poder de convocatoria que tenía un concurso de algo tan regional como puede ser una rondalla de pueblo. Como soy de Ribadavia, no conocía la tradición local de los pueblos del sur de Pontevedra de formarse en rondallas y competir, pero me quedé con la copla que decían de que en breves Daniel Sánchez Arévalo iba a hacer una película sobre “las rondallas”.
La película, al igual que el concurso, se estrenó el 1 de enero de 2026. Su protagonista y el resto del elenco son grandes actores de la escena gallega que han hecho mayor o menor incursión en el cine nacional.
La verdad es que yo fui con cero expectativas a ver la película y casi no soy capaz de conseguir entrada; más si cabe teniendo en cuenta que la fui a ver al cine en Ourense y que nuestros músicos no participaron nunca en el concurso.
Nuestra rondalla protagonista la conforman una serie de vecinos de un pueblo marinero gallego que han perdido a parte de sus seres queridos en un naufragio años antes y que, desde entonces, no han sido capaces de volver a competir.
Los diálogos y las escenas son rápidas y amenas. La película se recrea en los decorados naturales de A Guarda, que en la película cambian el nombre a Santa Tegra.
Nuestro protagonista, para mí, será siempre el Satur de “Águila Roja”, el ferrolano Javier Gutiérrez. Él es el encargado de animar a sus vecinos a volver a reunirse para tocar otra vez y concursar contra los pueblos vecinos.
La pantalla también es invadida por el otro coprotagonista, el actor Carlos Blanco, un gran monologuista al que vi hace muchos años dejar sin palabras a toda Ribadavia en el Auditorio del Castillo y que es, en el imaginario colectivo y para siempre, Ladislao de “Mareas Vivas”.
Este tándem, junto con otro igual de potente compuesto por Tamar Novas y Touriñán, levantó risas y momentos de desconexión en toda la sala. Hacía tiempo que no veía a tanta gente reírse en el cine. Y para quien crea que Tamar hace de galán, se va a llevar un chasco. Pero me gustó que cambiara de registro y demostrara lo profesional que es.
Pero el prejuicio que tenía, de que suponía que ahora mismo estaría escribiendo un texto sobre la importancia de la comunidad, el amor y los amigos, se rompió al encontrarme con otro trasfondo del film: cómo afrontamos la pérdida.
La pérdida de un ser querido, la pérdida de una relación, la enfermedad, el paso de la adolescencia a la edad adulta, la pérdida de lo que algún día fue y ya no lo es…
Vivimos en un mundo donde a todos nos falta algo, rodeados de otras personas que también han perdido o están a punto de perder algo que creían eterno.
Y al final, como en la película, tenemos que seguir viviendo con nuestros duelos internos y mirar hacia delante apoyándonos los unos a los otros, sin generar desconfianza.
Espero que vayáis al cine a verla, aunque solo sea para tener un ratito en el que no tengamos que pensar en todo aquello que hemos perdido.




















