Sergio López Vidal ha recibido el tercer premio del I Certamen Literario de Relato Corto de VigoÉ con su relato «Esencia». Como premio recibirá el libro «El Albatros Negro» de María Oruña que se le será entregado en estos días, y también la oportunidad de poder compartirlo con nuestros lectores publicándolo en VigoÉ.
«Esencia»
Abrí el documento con la intención de escribir algo navideño, ligero, presentable, que el jurado pudiera leer sin fruncir el ceño. Escribí: “Las luces de la ciudad…” y desapareció al instante. Probé con “El bullicio de las calles…” y volvió a borrarse. “El aroma de los turrones…” también se deshizo, como si el relato lo rechazara. Me quedé quieto. El cursor parpadeaba, casi con desdén, como diciendo: No. Eso ya lo has leído.
Intenté engañarlo con una escena inventada: familia reunida, árbol perfecto, brindis falso. Todo desapareció. El relato estaba en huelga. Decidí forzarlo: describí copos cayendo sobre Vigo —aunque aquí rara vez cae nada—. También se borraron. El texto no aceptaba iconos prestados ni decorados comprados al peso. Cada vez que intentaba vestirlo con brillo, el relato lo arrancaba.
“¿Qué quieres que diga?”, susurré. El cursor parpadeó más lento. Escribí una frase sin adornos: “No sé qué hacer con esta noche”. Esa se quedó. Luego: “Echo de menos a alguien que ya no puedo nombrar sin que me tiemble la voz”. El texto la aceptó. Entendí que no estaba en contra de la Navidad, sino de su máscara.
Seguí escribiendo con cuidado, dejando fuera el cartón piedra y las luces vacías. Hablé del silencio tras apagar la radio; del vaso que sigo poniendo aunque nadie lo use; de mirar la puerta sin esperar nada. Todo permaneció. El relato me dejaba avanzar.
Entonces lo entendí. No se rebelaba contra la Navidad, sino contra lo que hacemos para no mirarla de frente. La Navidad que no se borra no tiene que ver con adornos ni músicas repetidas. Tiene que ver con lo que falta, con lo que duele, con lo que aún sostenemos. Esa mezcla de luz pequeña y sombra larga que aparece una vez al año.
Cuando terminé, el documento se guardó solo. El título había cambiado: “Esencia”. Comprendí que no había escrito un relato navideño, sino la verdad que la Navidad me pedía.

















