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Historia de Vigo

Montero Ríos y la ciudad de Vigo

Su actividad en favor de los productores pesqueros gallegos le granjeó el apoyó de algunas de las más destacadas familias del gremio industrial

28 Julio 2018 por
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Eugenio Montero Ríos y su esposa, Avelina Villegas, en su propiedad de Lourizán, Pontevedra, en una foto de 1912. Eugenio Montero Ríos y su esposa, Avelina Villegas, en su propiedad de Lourizán, Pontevedra, en una foto de 1912.

A pesar de que buena parte de la segunda mitad del siglo XIX fue Elduayen el que dominó el juego electoral, una parte menos significativa de la población simpatizaba en la oposición con el candidato fusionista nacido en Santiago de Compostela, Montero Ríos. Algunos de los que se posicionaron del bando monterista eran empresarios exitosos que habían hecho su fortuna gracias al negocio pesquero, como era el caso de Salvador Aranda o la famosa familia de los Tapias.

Que los industriales y conserveros acabaran apoyando a los liberales no fue una mera casualidad. Mientras que los conservadores elduayenistas habían comulgado con el dogma arancelario y proteccionista de Cánovas, la economía viguesa seguía coartada por la gran dependencia de ciertas materias primas que eran clave para la producción pesquera y que se encontraban restringidas por los aranceles. Este era el caso de la sal, el elemento básico necesario para continuar con la producción de las numerosas fábricas salazoneras de la costa gallega; así como también pasaba con los altos aranceles a los que estaban sometidas las importaciones de hoja de lata, indispensables para la fabricación de conservas.

Es en la década de los años ochenta del siglo XIX cuando Montero Ríos aparece como portavoz de los fomentadores en cuestiones como la legislación de la sal o en materia de las admisiones temporales de hoja de lata. Su actividad en favor de los productores pesqueros gallegos le granjeó el apoyó de algunas de las más destacadas familias del gremio industrial, hombres de negocios de la talla de los Massó o de Benigno Barreras. El gremio estaba tan agradecido al santiagués que no tardaron en ir a visitarlo siempre que sabían que Montero volvía de vacaciones a su mansión del Pazo de Lourizán, e incluso en algunas de estas ocasiones aprovechaban para darle al diputado un paseo por la ría, hasta Marín, Bueu o Vigo, a bordo de algunos de los barcos de la flota de los conserveros.

En 1888, y con motivo de la discusión en el Senado del proyecto de las admisiones temporales de hoja de lata, Montero acompañó personalmente a la comisión de conserveros gallegos destinada en Madrid para hablar con el ministro de Hacienda, Puigcerver. Desgraciadamente, el proyecto fue desestimado en un primer momento por mor de los representantes de Castilla en el Senado; sin embargo, fueron Montero Ríos y su yerno Eduardo Vincenti los que se encargaron de que la proposición fuera debatida nuevamente en las Cortes y definitivamente aprobada en abril de ese mismo año.

La aprobación de las admisiones temporales no resultó ser tan eficiente como los industriales gallegos se habían imaginado en un principio. Esta ley reconocía la posibilidad de que los interesados solicitaran la admisión temporal de una determinada mercancía, por la contra, estipulaba la obligación de publicar la solicitud en la Gaceta de Madrid, permitiendo que todas aquellas instituciones interesadas pudieran presentar las objeciones que considerasen oportunas a las solicitudes publicadas.

Nada más aprobarse la ley, numerosos conserveros gallegos elevaron la correspondiente solicitud para que se permitiera la entrada de hoja de lata al país, pretensión que fue inmediatamente impugnada por el gremio de los siderúrgicos vascos, quienes producían prácticamente en solitario la mayor parte de lata del país. Tras la primera resolución favorable de la Dirección General de Aduanas, acabaron por tener más peso los dictámenes desfavorables de la Junta de Aranceles y de la Junta Consultiva Agronómica y Consejo superior de Agricultura, que movieron a la opinión del Consejo de Estado provocando la denegación final de la inclusión de la hoja de lata en 1890.

A pesar que desde 1881 Ángel Urzáiz era el diputado por Vigo en las Cortes, la popularidad de Montero Ríos siguió creciendo en la ciudad, auspiciado por el visto bueno del gremio conservero y demás simpatizantes del puerto. Montero medio en la gestión de los vapores correo de las Antillas y su escala forzosa en Vigo, consiguió numerosos fondos públicos para subvencionar las obras del viejo muelle de la ciudad y para el levantamiento de la Escuela de Artes y Oficios, hizo campaña en contra del posible restablecimiento del monopolio de la sal, así como una larga lista de otras acciones relacionadas con el puerto y el ferrocarril.

Pero la bonita relación que mantuvo Montero con la ciudad y con los empresarios afincados en ella duró hasta que estalló el conflicto de las traineras, o traiñas, en la ciudad, conflicto que acabaría despejando el camino a Urzáiz como líder de los liberales en Vigo.

Gonzalo Hernández Soto

Politólogo, máster en Desarrollo Regional e Integración Económica. Curso último año del Doctorado en Historia Industrial, en la Universidad de Santiago. Un año en la Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad de Lodz. Trabajé en la Fundación Galicia Europa y en la Diputación de Pontevedra.

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