Se suceden los meses en Cabral sin que los vecinos del barrio atisben siquiera una solución que ponga fin a los desvelos que les genera la convivencia que, desde hace tanto tiempo, mantienen contra su voluntad con las personas que han ocupado una vivienda de la zona convirtiendo el barrio en un permanente estado de alarma. Nada han conseguido sus denuncias en los juzgados, ni tampoco en los medios de comunicación. Todo sigue al menos tan mal como antes de que aireasen sus problemas.
“Volvieron otra vez. Entran y salen de madrugada, dan golpes, taladran, hacen muchísimo ruido y no podemos dormir. Esto no es vida”, explica desesperada una vecina que prefiere mantener el anonimato. Habla de ratas enormes que aparecieron con los okupas y saltan de tejado en tejado, que se cuelan por los fallados y a las que escuchan rascar de noche en las maderas del techo. Afirma que ese sonido, y la perspectiva de que alguna de esas ratas pueda colarse en su cama cuando está durmiendo, le quita el sueño también.
Pero las consecuencias de la ocupación ha ido más allá de las molestias domésticas: “Se enganchan a la luz de la calle y provocaron un corte en el suministro. Hay una cable verde enorme que se ve perfectamente en la fachada de la casa, que es el que utilizan para conectarse a la luz. Y nadie hace nada. Nadie se lo impide», clama esta vecina.

Hace un par de meses, su problema saltó a todas las televisiones, incluso a las de alcance nacional. Durante unos días, tras tan notable cobertura mediática hubo calma, según los vecinos, pero duró poco. Una vez la famosa casa ocupada de Cabral desapareció de los perioódicos, regresó el ruido al barrio, los paseos nocturnos, la falta de higiene, las drogas. “Al principio estaban tranquilos, pero ahora vuelven otra vez. Cada dos o tres días aparecen, y ya no sabemos qué hacer. La sensación de desprotección es total”, dice esta vecina.
“Van al lavadero comunitario y dejan todo sucio, con restos de comida y basura. Es insalubre. Los vecinos tenemos que vivir con eso a diario”, añade. “Intentamos tapiar la casa, pero para eso hace falta que estén 48 horras fuera, y eso nunca ocurre, saben perfectamente cómo esquivarnos. Así que llamamos a la policía, que acuden pero no pueden hacer nada y nada cambia. Esto lo tiene que solucionar un juez», lamenta.
Los vecinos se sienten abandonados. Reivindican sus derechos ciudadanos, pero lamentan que nadie garantiza ni su seguridad ni su derecho al descanso, del que no disfrutan desde hacen tanto tiempo que está afectando seriamente a algunos de ellos. «Llevamos meses así, y nadie hace nada”, insiste esta mujer con una voz que trasluce tanta frustración como desamparo. “Despiertas a las cinco de la mañana, con el corazón acelerado por los ruidos y el miedo. No es solo incomodidad, es estrés constante”, explica.
Las denuncias existen desde hace más de un año, pero su tramitación es lenta. Los vecinos suponen que están en la cola, a la espera de que les llegue la vez. «Pero mientras tanto tenemos que aguantar golpes, cables peligrosos, suciedad, ratas, falta de higiene, ruido molesto a cualquier hora y toda clase de riesgos».
Los vecinos, desesperados, empiezan a preguntarse, ante la falta de respuesta por parte de las instituciones, qué pueden hacer ellos: «¿Tenemos que delinquir para que alguien nos proteja?”, se pregunta esta vecina. “Hemos denunciado, hemos llamado, hemos esperado… Y seguimos igual. No queremos más circos mediáticos, queremos vivir tranquilos, con luz, sin ratas y con higiene. Eso es lo mínimo que cualquiera merece”, concluye.




















