Lo que muestra esta fotografía es el estado actual de una de las zonas más significativas de la ciudad de Vigo: el mirador del Paseo de Alfonso XII. Es obvio que parte del mirador está tapado, ocluyendo las vistas al mar —obsérvese la pintada—, y tal como van las cosas es posible que dentro de poco aparezca vallado todo el resto.
Debemos recordar que el mirador estuvo vallado durante seis años sin que se diera ninguna explicación al respecto, hasta que un buen día se reforzó la acera volada sobre la Rúa Poboadores y se retiraron aquellas vallas. Está claro que todo aquello obedecía a un capricho.
Al cabo de poco tiempo de aquello, lo que ahora resulta preocupante es el avance de las actuaciones sobre un patrimonio que pertenece a toda la ciudadanía viguesa y que forma parte de las vivencias de generaciones. Quienes hemos nacido en la ciudad de Vigo y hemos vivido en ella nuestra juventud sabemos de sobra lo que significa ese conjunto del Paseo de Alfonso XII, con sus figuras, sus farolas, su barandilla, su quiosco y el olivo. Pero está claro que quienes no tuvieron ese tipo de vivencias no lo consideran ni lo respetan del mismo modo.
Conviene recordar que esas figuras pétreas son conocidas como querubines y que forman un conjunto de cuatro parejas, colocadas sobre la balaustrada del mirador, al igual que varios jarrones de piedra. Constituyen, junto con el resto de los elementos, un grupo indisoluble en la memoria de la ciudadanía viguesa.
El autor de esos querubines fue el maestro cantero Camilo Fernández Correa, conocido como “o roxo” por su cabello pelirrojo. Cada pareja de figuras está sujetando un cubo con el escudo de Vigo y el de Galicia, y todos ellos están de espaldas al mar. Por su parte, las farolas y las barandillas, tanto la del mirador como la que rodea el histórico olivo, fueron realizadas en la fundición “La Industriosa”, de la familia Sanjurjo.
Conviene dejar claro que el desarrollo urbanístico del Barrio do Cura es necesario, sin embargo, es evidente que las autoridades pertinentes no han puesto límite ni al volumen de edificación ni a los efectos colaterales que ya está teniendo esa actuación en un entorno histórico y muy querido por las viguesas y los vigueses. Volvemos a la filosofía de los años sesenta, cuando urbanísticamente valía todo y así fueron borrando muchas señales de identidad de la ciudad.
Vigo no puede crecer al antojo y la megalomanía de quien se está comportando como Nerón, capaz de destruir parte de la ciudad para cumplir sus caprichos y pasar a la historia como quien volvió a reconstruir la urbe a su gusto personal. El tiempo pondrá a cada uno en su sitio, del mismo modo que ahora se recuerda a otros alcaldes que en su día lo permitieron todo eliminando o arruinando tesoros arquitectónicos e históricos, ocluyendo vistas, alejando el mar, eliminando los históricos tranvías, y un triste y largo etcétera.
Precisamente, en la barandilla metálica que protege el olivo centenario del Paseo de Alfonso XII, y que fue sufragada de modo popular y fabricada por La Industriosa, hay una placa de bronce donde reza la promesa realizada por la ciudadanía de Vigo en 1932: “amor, lealtad y abnegación por la ciudad”. Pero a la vista de los hechos, tanto de este que ahora comentamos como también de otros, de ese amor, de esa lealtad y de esa abnegación por la ciudad de Vigo ya queda bien poco, siquiera en quienes ahora gobiernan los destinos de la ciudad olívica, que interpretan que una mayoría absoluta en las urnas es un cheque en blanco. Un atropello y una vergüenza.





















