Diana Lois Pardo ha sido la ganadora del I Certamen Literario de Relato Corto de VigoÉ con su relato «La estela de la Navidad». Como premio, además del lote de libros a cargo de la librería Cinania y el libro «Cuando el viento hable» de Ángela Banzas (finalista del premio Planeta 2025) que se les será entregado en estos días, también le damos la oportunidad de poder compartirlo con nuestros lectores publicándolo en VigoÉ.
La estela de la Navidad
La ciudad se le presentó en pendiente, como si obligara a avanzar inclinándose un poco hacia delante. Estela arrastró la maleta mientras el anochecer encendía las luces navideñas. No eran deslumbrantes, pero resistían. Pensó que así se sentía ella: iluminada por fuera, cansada por dentro. Había venido a visitar a su hermana. A cumplir. Y aunque no lo había dicho en voz alta, a salir de sí misma. Desde que enviudó, el tiempo había dejado de tener estaciones claras. Todo era una sucesión de días sin sobresaltos.
La presentación del libro fue en un local pequeño, con sillas antiguas. Estela se sentó al fondo, cerca de la pared, como si no quisiera ocupar demasiado espacio. Su hermana hablaba con una voz de orgullo. Estela la escuchaba, pero también observaba. Las manos que sujetaban los libros. Los cuerpos encogidos por el invierno. El vaho en algunos cristales. Y entonces lo vio. No era especialmente llamativo. Estaba de pie, apoyado en una columna, escuchando con atención. No miraba el móvil. No parecía tener prisa. En algún momento levantó la vista y sus miradas se cruzaron apenas un segundo. Lo suficiente para que Estela sintiera una leve incomodidad, como una corriente de aire inesperada. Desvió los ojos de inmediato. Durante el aplauso final, se descubrió buscándolo de nuevo sin querer. Se
reprochó ese gesto ridículo. Ella ya no estaba para eso. La gente hablaba en voz baja. Él estaba cerca ahora. No hablaron. Bastó compartir el mismo espacio, el mismo silencio cómodo.
Al salir, las luces se reflejaban en el asfalto mojado, y por un instante la ciudad parecía respirar despacio. Estela caminó sola. Pensó que quizá la Navidad no era un milagro, sino un permiso para sentir. No pensó que aquello fuera amor. Pensó, simplemente, que algo se había movido.



















