Por tierra y por mar, los gallegos vivimos pendientes del cielo y sus caprichos, de los que ancestralmente ha dependido buena parte de nuestra suerte. Una suerte que va ya para tres años que se le ha vuelto esquiva a las mariscadoras de la de Ría de Vigo, cuando comenzaron a comprobar con sus propios ojos y en sus propias cuentas bancarias que la lluvia, cuando arrecia como lo está haciendo en este 2026 no trae vida, sino todo lo contrario: trae silencio en los bancos marisqueros, mortandad bajo el fango y una pregunta que llama con insistencia a las puertas de las cofradías: ¿hasta cuándo se puede resistir sin ingresos?
Desde el 3 de enero, salvo en contados paréntesis más bien cortos, no ha dejado de llover. «Y no es una poalla, es lluvia torrencial», subraya Ana Belén Sotelino, de la Cofradía de pescadores San Juan de Redondela. Docenas y docenas de litros que o caen sobre la ría o lo hacen sobre las montañas y los ríos que desembocan en el mar provocado una entrada masiva de agua dulce en la ría, que se ve agravada por la apertura de embalses. El resultado es un desplome de la salinidad del agua que está poniendo contra las cuerdas al marisqueo, una actividad que no solo sostiene economías familiares, sino que forma parte de la identidad cultural de Galicia.

«La boya de Rande indica que la salinidad ahora mismo es cero», explica Sotelino, según la cual con esta cadena de borrascas y temporales ya ni siquiera existe la bajamar, de modo que tampoco hay un momento especialmente bueno para abrir los embalses. «Nosotros fuimos a hacer el muestreo la semana pasada, que íbamos a hacer con una marea de 0,30 metros en principio y el mar no bajó ni de un metro».
La primera consecuencia es que la Consellería do Mar cerró los bancos marisqueros el pasado 20 de enero, pero las mariscadoras aseguran que ya habían parado ellas mismas por su cuenta. «Si remueves el terreno, lo estás oxigenando y estás dejando que se filtre aún más agua, estás removiendo el recurso, y el recurso si está tocado ya, porque no tiene nutrientes y no hay salinidad en el agua, más tocado se va a quedar aún. O sea, que si tuviéramos actividad extractiva no iríamos a trabajar. Suspenderíamos los días de trabajo», afirma Ana Belén.
«Todo se fue al garete»
En Arcade, en la desembocadura del río Verdugo, el impacto es devastador. Allí, la presidenta de la cofradía, Rita Míguez, no necesita tecnicismos para describir la situación: “Veníamos de unas pérdidas tremendas de almeja. En noviembre hicimos una siembra y estaba preciosa. También de ostra. El mes pasado aún teníamos esperanzas… Pero volvió a llover y se nos fue todo, todo, al garete”, resume.
Un año y medio sin recoger llevan ya en Arcade, «trabajando con expectativas», como dice Míguez. Expectativas de que «la siembra se venga arriba», probándolo todo con los biólogos, tratando de que la siembra arraigue para que tres años después, ese es el tiempo necesario, puedan las mariscadoras doblar la espalda y extraer berberecho y extraer almeja. Pero nadie les paga por sembrar.

«No sabes ni cómo animar a tus propias compañeras. Y luego están las entidades, porque las entidades, las cofradías, sobreviven de un tanto por ciento que cada mariscador, cada marinero, pone». Arcade es una de las zonas más expuestas a la entrada de agua dulce, y eso la convierte en la primera en sufrir la bajada de salinidad. El problema no es nuevo, pero este invierno esta siendo especialmente cruel. “Este año no tenemos nada. Ni almeja, ni ostra. Nada”, resume Rita.
Las mariscadoras siguen trabajando en lo poco que queda: limpiezas, cuidado del recurso, siembras fallidas, pero sin poder llevar marisco al mercado. Así que. a estas alturas, sospechan que este año ni si come el marisco de la Ría ni se come del marisco de la Ría. Y la situación es parecida en Vilaboa o en Poio.
Trabajar gratis
El cierre de los bancos no significa inactividad. Significa trabajar sin cobrar. “Seguimos haciendo limpiezas, regeneración, vigilancia… Seguimos trabajando igual, pero sin ingresos”, explica Ana, quien explica el impacto que esto está teniendo en el sector. Cuando ella asumió la presidencia, la cofradía contaba con 150 mariscadoras. Hoy quedan 46 en activo. “Queríamos abrir permisos este año, pero ¿a quién se los abres si no hay recurso? ¿Y para qué?”, se pregunta.
El abandono del sector es constante, especialmente entre la gente joven. No por falta de vocación, sino por pura imposibilidad económica. “Mariscar no es solo extraer, pero extrayendo es como ganas. Si no puedes sacar marisco, no comes. Y con el trabajo no se paga la compra”, resume.

Entretanto, tanto Rita como Ana coinciden en otro punto crítico: las ayudas no están funcionando. El cese de actividad, condicionado a largos periodos de cotización continuada, deja fuera a muchas mariscadoras. Otras lo solicitan y tardan meses en cobrar, cuando cobran. “Pagamos contingencias, seguros, autónomos… y luego te pasas meses sin ingresos”, lamenta Ana.
Marisqueo como patrimonio
Más allá de los números, lo que está en juego es algo más profundo. El marisqueo no es solo una actividad económica: es un saber transmitido durante generaciones, mayoritariamente femenino, ligado al territorio y al equilibrio ecológico de las rías. “Es un trabajo ancestral, es identidad de nuestra tierra”, reivindica Ana. “Tenemos unas rías únicas y parece que a nadie le interesa proteger esto de verdad”.
Las mariscadoras no solo extraen. Cuidan, regeneran, vigilan, denuncian el furtivismo y sostienen un ecosistema que beneficia a toda la cadena: desde la biodiversidad hasta el consumidor final, que este año se va a quedar a dos velas porque casi no se espera almeja gallega en el mercado. “Que se fijen en la etiqueta”, pide Rita. “Porque almeja de Galicia va a haber muy poca”.

El siguiente momento clave para esta actividad llegará con los muestreos de primavera, previstos para mayo. De sus resultados dependerá la actividad de las mariscadoras, que quieren ser optimistas, pero se muestran cautas, contenidas. “Con toda esta lluvia, las expectativas no pintan nada bien”, admite Rita, que, como Ana, no quiere perder la esperanza.
Entretanto, el marisqueo resiste. No por rentabilidad, más bien por responsabilidad, ya que abandonar el banco hoy puede significar perderlo para siempre. Y porque, como recuerdan desde las cofradías, si desaparece el marisqueo, no solo se pierde un sector economómico: se rompe una parte esencial de la cultura y del paisaje humano de las Rías Baixas.





















