No es lo mismo ser quijotesco que cervantino, pero Alejandro Nande, 46 años, vecino de Nigrán, es de algún modo ambas cosas. Al igual que Miguel de Cervantes, conocido como El Manco de Lepanto porque vivió con un solo brazo tras recibir tres disparos de arcabuz en la batalla de Lepanto, Alejandro Nande se desenvuelve por el mundo con una merma física también: es ciego. O, para ser más precisos: es prácticamente ciego, ya que ve el 10 por ciento de cuanto le rodea. Su ceguera le convierte, pues, en cervantino.
¿Y qué lo hace quijotesco? Pues el hecho de que se pasee por el mundo en tinieblas y a lomos de un caballo de once años llamado Brujo, pero que bien se podría llamar Rocinante, con el que pretende competir en el Mundial de doma con la certeza absoluta de que va a perder. Porque Brujo, su Rocinante de once años, «es una Citroën C2 que compite contra Ferraris», explica Alejandro.

A Brujo lo descubrió Alejandro en el corredor de la muerte. Iba camino del matadero donde lo iban a convertir en cecina y picadillo. Pero entonces Alejandro lo adquirió. Y así, no sólo le salvó la vida, sino que además lo convirtió en su compañero inseparable y en el caballo C2 con el que, juntos, desafiaron a todos los Ferrari con los que el año pasado se cruzaron en el Campeonato de Europa de Doma Clásica. Porque Alejandro es ciego, pero sobre todo es jinete. Y lo es desde que tiene recuerdos.
Larga trayectoria
«A los 13 o 14 años, cuando mis amigos empezaron a fumar porros, como a mí me gustaban las drogas duras, me metí en el caballo», bromea Alejandro, que se recuerda de siempre rodeado de caballos porque estaban en la finca familiar y siempre sintió por ellos una atracción especial. Primero fue jinete de vaquera, más tarde se metió en este asunto de la doma.
Y es fácil, mirando la clasificación del Campeonato de Europa de Doma, concluir que la cosa no fue bien para Brujo y Alejandro, quienes regresaron a Nigrán con las manos vacías. Pero quien así lo haga estará orillando la épica y el romanticismo que encarna el tándem formado por este jinete y este caballo, a los que si el bueno de Cervantes hubiese conocido a buen seguro les hubiese dedicado al menos alguno de sus famosos entremeses. Porque hay veces en que la victoria no se mide en metales ni quilates. Hay victorias que son simbólicas, y nada hay más literario que algo así.

A Alejandro y a Brujo les vendría estupendamente un patrocinador que les ayude a acudir al Mundial, que es su próximo objetivo. Uno que sepa valorar las victorias como lo hacen ellos dos, los cuales, entretanto, entrenan en Nigrán, en la escuela que Alejandro tiene en ese municipio y que se llama Cearan.
Allí, Alejandro enseña a sus alumnos no cómo ver, sino cómo sentir la respiración del caballo, su trote, su firmeza en el paso, tal y como le acaba de explicar a una de sus pupilas: «Mira, las riendas son como un pajarito, recién caído de un nido. Si lo coges y aprietas mucho, lo ahogas. Si lo coges, pero abres la mano, se te escapa».
Alejandro es profesor de doma clásica y paraecuestre. Explica que para dar clases sin ver mucho, «tienes que analizar muchas cosas: cómo trota el caballo, cómo pisa el suelo, por ejemplo, y luego transmitírselo a los alumnos». Ver no es imprescindible. Se puede sentir, explica Alejandro, que es como aquel personaje al que interpretó Robert Redford en ‘El hombre que susurraba a los caballos’.
Eso lo sabe mejor que nadie Brujo, siempre dispuesto a llevar sobre su grupa a Alejandro para ganarse juntos un lugar en el próximo Mundial, del que todavía no se sabe ni en qué fecha ni en qué lugar se celebrará. Entretanto, esta pareja peculiar continuará surcando los caminos de Nigrán, seguros ambos de que hay hazañas que no necesitan de ojos ni de aplausos porque hay veces en que basta con una bonita amistad.




















