Galicia no encuentra tregua. Cuando parecía que el grueso del temporal comenzaba a remitir, la borrasca Joseph ha vuelto a mostrar sus fauces en las últimas horas. Las imágenes que llegan desde el interior de la provincia de Pontevedra son elocuentes: la cota de nieve ha vuelto a desplomarse y los copos caen ya con fuerza sobre A Cañiza, cubriendo de blanco una de las arterias de comunicación más críticas entre la costa y la meseta. Es el último latigazo de un temporal que, según el balance del 112 Galicia, ya ha dejado más de 800 incidencias en apenas 48 horas.
La provincia de Pontevedra, con 384 sucesos registrados, se sitúa como la «zona cero» de un mapa de daños que se extiende por toda la comunidad. Desde desprendimientos de tierra hasta el desbordamiento de ríos, la geografía gallega lucha por mantener la operatividad de sus servicios básicos bajo un cielo que no deja de castigar el territorio.
Carreteras bloqueadas y rescates al límite
La red viaria ha sido, sin duda, la principal víctima de Joseph. Hasta las 08:00 horas de este martes, la central de emergencias ha gestionado una cifra récord de siniestros provocados por la caída de objetos y vegetación. Árboles centenarios arrancados de cuajo, desprendimientos de tierra y piedras han convertido el asfalto en una carrera de obstáculos.
La jornada del lunes fue especialmente trágica en las carreteras. Los bomberos tuvieron que intervenir en cuatro accidentes graves para excarcelar a personas atrapadas entre los hierros. En total, se contabilizaron 51 sucesos con heridos de diversa consideración y otros 79 accidentes en los que, afortunadamente, los daños fueron solo materiales. La presencia de balsas de agua y ramas en la calzada sigue siendo el mayor peligro para los conductores que este martes se han visto sorprendidos por colisiones múltiples y salidas de vía.
El agua y el viento: de Caldas a Sanxenxo
El agua no solo ha llegado en forma de lluvia torrencial, sino a través de desbordamientos que han inundado la vida cotidiana. En Caldas de Reis, el río Umia ha reclamado su espacio, anegando garajes y atrapando vehículos estacionados en sus márgenes. Situaciones similares se han vivido en Viveiro y Portas, donde varios conductores se vieron rodeados por riadas repentinas, necesitando el auxilio de los equipos de rescate.
El viento, por su parte, ha descargado su furia contra las infraestructuras. En Salvaterra de Miño, una vivienda perdió por completo su tejado, mientras que en Sanxenxo, las rachas huracanadas levantaron parte de la cubierta del cuartel de la Guardia Civil. Los equipos de emergencias han realizado más de 233 intervenciones solo por caída de árboles y otras 72 por el derribo de postes eléctricos, carteles y señales de tráfico, un inventario de daños que refleja la magnitud de las rachas registradas.
Vigo recupera el pulso marítimo tras el parón total
En medio del caos, la ciudad olívica comienza a recuperar cierta normalidad en su fachada marítima. Tras un lunes en el que la ría de Vigo quedó prácticamente desierta por la suspensión total de los servicios, este martes se han retomado las conexiones. La ruta entre Vigo y Cangas vuelve a estar operativa, aunque las navieras han decidido espaciar los viajes a una frecuencia de 30 minutos para garantizar la seguridad y adecuar la velocidad a un mar que todavía presenta un fuerte oleaje.
En el corredor Vigo-Moaña, los pasajeros tuvieron que esperar hasta pasadas las 09:00 horas para ver restablecido el servicio, tras la cancelación de los primeros barcos de la mañana. Es un regreso a la actividad cauteloso, bajo la atenta mirada de una capitanía marítima que sigue monitorizando cada racha de viento.
Un balance territorial desigual
Aunque Pontevedra encabeza la lista de incidencias, el resto de Galicia no ha escapado al impacto de Joseph. A Coruña suma 268 emergencias, destacando inundaciones en centros escolares como el Xacinto Amigo Leira en Val do Dubra. Lugo (95) y Ourense (64) cierran el balance de una borrasca que ha demostrado la fragilidad de las infraestructuras ante fenómenos meteorológicos que, lejos de ser excepcionales, parecen haberse convertido en la nueva realidad del invierno gallego.




















